El país enfrenta uno de los mayores desafíos de minería artesanal a nivel global, pero a la vez reúne condiciones únicas para resolverlo: una red de plantas libres de mercurio, un registro de formalización y la capacidad de contener el crimen organizado. Esta combinación de escala y soluciones viables convierte al territorio peruano en el banco de pruebas definitivo para demostrar que la trazabilidad y el cumplimiento del sector pueden ser una realidad.
Lima, julio de 2026. La minería artesanal y de pequeña escala (MAPE) es una de las paradojas centrales de la industria global del oro. Representa aproximadamente el 20% del oro mundial y sostiene cerca de 20 millones de medios de subsistencia; sin embargo, sigue estando estructuralmente excluida de los mercados formales debido a las barreras de cumplimiento. En el Perú, esta paradoja es especialmente aguda y de gran trascendencia. Los mineros de la MAPE generan alrededor de una cuarta parte de las exportaciones de oro del país y el sector sustenta a más de 300,000 productores, pero una gran parte de ese oro aún se mueve a través de canales informales o ilegales.
Esta situación es precisamente lo que convierte al Perú en el campo de pruebas decisivo. El mismo país cuyo nombre a menudo se vincula con el oro ilegal y el mercurio es también uno que posee los ingredientes para una solución. Un estudio sobre plantas de procesamiento en seis países con minería artesanal, encargado por el Consejo Mundial del Oro (World Gold Council) y realizado por Levin Sources en 2025, es explícito al señalar que el Perú es uno de los poquísimos contextos donde el modelo realmente puede funcionar. De igual manera, es claro al indicar que estas condiciones son necesarias, pero no suficientes. El registro REINFO, por ejemplo, ha documentado debilidades, tales como «operadores de facturación» que alquilan su estatus legal a operadores ilegales. Es por ello que el Perú debe ser considerado como un banco de pruebas y no como un éxito consumado: los ingredientes están sobre la mesa, pero alguien todavía tiene que demostrar que se pueden combinar para obtener oro responsable.
Esa es la demostración que está en marcha en Arequipa. Soleil Metals, una subsidiaria de OCIM, opera las plantas de procesamiento Yacari y Victoria, con una capacidad autorizada conjunta de 450 toneladas por día, y ha construido un puente documentado entre los pequeños productores peruanos y los compradores institucionales europeos. Es, en efecto, la prueba tangible de que el potencial del Perú puede transformarse en oro responsable.
«El verdadero desafío de la formalización no se resuelve detrás de un escritorio, sino en el día a día de la operación en el terreno. En el Perú tenemos la tecnología, el marco legal y la capacidad técnica para procesar mineral de manera eficiente y limpia, pero el ingrediente indispensable es la confianza mutua con el minero artesanal», afirmó Iván Salas, Country Manager de Soleil Metals.
Tres lecciones de la experiencia peruana
La prueba sobre el terreno
Dos resultados concretos respaldan este relato. En primer lugar, Soleil Metals ha completado una entrega de oro cuyo origen fue verificado con la tecnología xTrace, desarrollada por la empresa de software suiza aXedras, la cual combina huella química, espectrometría y un registro a prueba de manipulaciones para confirmar que el metal que llega a la refinería coincide con su origen declarado. El cargamento viajó desde la mina en Arequipa hasta Argor-Heraeus en Suiza, una de las refinerías que figuran en la lista Good Delivery del mercado de Londres, el estándar de confianza para el comercio mundial de oro.
En segundo lugar, las plantas Yacari y Victoria han sido declaradas conformes con el Paso 1 del programa de acreditación de Swiss Better Gold, una iniciativa público-privada que conecta a productores artesanales responsables con el mercado suizo. El Paso 1 es un punto de entrada auditado en una trayectoria más larga, y no una línea de meta; así es como debe entenderse el oro responsable: no como una etiqueta binaria, sino como un compromiso documentado con una base firme y un camino que se verifica a lo largo del tiempo.
Detrás de todo esto se encuentra un hecho económico simple y confirmado por el estudio del Consejo Mundial del Oro: un minero que trabaja solo con mercurio recupera únicamente entre el 30% y el 40% del oro contenido en el mineral, frente a más del 90% que se logra en estas plantas. Esa brecha es lo que hace que el modelo sea viable, otorgando al minero los ingresos necesarios para formalizarse y abandonar el mercurio sin ser expulsado del negocio.
«Nada de esto convierte al Perú en un modelo terminado: las condiciones existen, pero se necesita un operador dispuesto a asumir el cumplimiento, el costo y la responsabilidad para transformarlas en oro responsable. Por eso el Perú es importante para el resto del mundo. Lo que se demuestre aquí definirá si el oro artesanal responsable puede escalar en cualquier otra parte», finalizó Salas de Soleil Metals.